“Quien tiene ciento desea mil; quien tiene mil quiere cien mil; quien posee cien mil quiere ser rey, y el que está en el trono desea el cielo”.

Panchatantra

El 6 de Febrero, la Fiscalía General de la República arrestó a siete personas dedicadas a la falsificación de billetes; la banda operaba en la Ciudad de México y sus recursos delincuenciales –profusamente descritos por las crónicas periodísticas- parecían sacados de cualquier papelería mayorista. Es más, el medio digital más visto del país publicó los artículos para falsificación decomisados como si fueran ingredientes y electrodomésticos en una receta (5 computadoras portátiles * 6 impresoras * Papel blanco para impresión c/s…).

Allí habría quedado la historia, pero la industria de la falsificación no defrauda en sorpresas. Quince días más tarde, el Banco de México lanzó lo que parece un feliz comunicado: la circulación de billetes falsos en México bajó 10.8% (aunque el intercambio de monedas falsas subió 81%). Según las autoridades bancarias en 2019 se lograron interceptar 302 mil 838 billetes falsos, 36 mil 817 menos que en el 2018 y 67 mil menos que en 2017.

Esto solo puede significar dos cosas: que se ha reducido el volumen de dinero falso en México o que el banco central ha sido menos eficiente en recuperar el dinero falso en circulación. Aunque también puede ser efecto de otro fenómeno paralelo como la creciente sustitución del dinero físico por el electrónico en las transacciones comerciales. Como sea, son buenas noticias.

Según los enterados, el negocio ilícito de la falsificación de dinero en México provoca pérdidas superiores a los 110 millones de pesos anuales; aunque otros más enterados aseguran que eso es el menor de los males: “La amenaza de falsificación puede afectar el valor y la velocidad del dinero, así como el producto y el bienestar, aun cuando las falsificaciones no circulen realmente” (Macroeconomic Dynamics Vol.15, 2011).

Es decir, el sistema económico actual es tan sensible que no sólo los mercados pueden padecer de los nervios y resfriados (entre otros síndromes neoliberales preferidos por los Chicago Boys), sino que la mera sospecha de dinero falso en las calles afecta el valor de los productos, de la confianza comercial y del dinero real… aunque no haya dinero falso.

Quizá por eso, entre todo este embrollo, al boxeador Julio César Chávez Junior le pareció sencillo ofrecer una receta económica para remediar un mal que -hay que darle crédito por esto- él contempla apremiante en México:

“Si fuera López Obrador dijera: ‘Todos los pobres que no tienen para comer tienen derecho a los billetes falsos’. Que alguien haga billetes falsos y ya tienen para comer. No tendría nada de malo, ¿no?”

No. No tendría nada de malo que los pobres que no tienen para comer finalmente tengan algo para llevar a sus estómagos; pero como ya vimos, la mera idea de que el dinero falso pueda remediar una necesidad social como la hambruna de los pobres es sencillamente catastrófica.

En primer lugar, porque en los múltiples intercambios de dinero por mercancías alguien finalmente resultaría estafado y porque el dinero, bien se sabe, no se come.

Por eso son buenas noticias tanto la desarticulación de pequeñas bandas dedicadas a la falsificación de dinero como el que el volumen total de billetes falsos descienda. Prevenir e impedir la falsificación no es insignificante para la economía de un país. La aplicación de la ley, la educación, la toma de conciencia y la producción de billetes seguros son factores que fortalecen la confianza económica y que -sólo si la administración pública no se corrompe- puede redundar en bienestar social.

Sea esta historia un recordatorio que, en ocasiones, no es tan importante tener más como tener lo justo.

@monroyfelipe