CIUDAD VALLES, SLP., 29 de septiembre de 2019.- Trabajó desde joven en las calles, en los cincuentas arreglaba camas en San Luis Potosí, tres años después se asentó en la Huasteca y consiguió unas tierras donde sembró maíz, frijol, calabaza, ajonjolí y zacate para vender y sostenerse económicamente; con el mismo fin tuvo vacas y ahora una cerdita con la que espera formar un enorme hato.

Él edificó sus primeras casas de palizada y palma, y con sus propias manos está por terminar una de bloques, con su respectivo techo y piso de cemento. Todo ello sonaría demasiado común, sino fuera porque don Agustín Landaverde Juárez todo lo hizo sin ayuda, tiene 81 años de edad y desde los 18 es invidente.

“Andaba yo trabajando en Aquismón (…), por la calle principal, rellenando un bache (en tiempos del presidente Manuel Orendain), y pusieron piedra de choy (…), yo le pegué mal, con el marro, conocía poco de herramienta, y que se me viene para la cara (un fragmento).

“No me operé, no me hicieron (nada), lo que me sacaron fue un pedazo de vidrio (de los lentes, porque la piedra me los rompió) (…) y me afectó los dos ojos”, recuerda con cierto pesar sentado en un viejo sillón de palma, con sus gafas oscuras, desprovisto del sombrero que normalmente le acompaña en sus caminatas con sol, y “vigilado” por una puerca en crecimiento que se pasea en la escasa libertad que le da un viejo mecate amarrado a un horcón de madera.

Nacido en Tanzozob, en la sierra de Aquismón, don Agustín laboró en la cabecera municipal, y después de su accidente estuvo en la capital del estado, donde ya desde joven llamaba la atención de la gente por su habilidad para reparar los resortes de camas y colchones, con tan solo la destreza de sus manos, pues el sentido de la vista lo había perdido para siempre.

En 1956 retornó al territorio aquismonense pero ahora en la zona norte: al ejido Camarones. En esa estancia que ya supera las seis décadas, se ha afanado en salir adelante, sin caer en ilícitos o en la holgazanería, mucho menos perder la dignidad en la petición de limosna, pese a su discapacidad: “Eso no es porque usted esté enfermo (…) es que no les gusta trabajar (…) yo tengo cincuenta y tantos años de que perdí la vista y nunca me he ido a parar con el sombrero en la mano”.

NUNCA SE VENCE
Ha recibido pocos apoyos y por el contrario, cuenta que con el paso del tiempo, le quitaron su parcela, “ya ve la gente como es, hay mucha envidia”; y le redujeron el terreno donde vive (a una escasa superficie de 10 por 40 metros) “y ahí me traen, a rempujones”.

Por si fuera poco, sus vacas que engordaba las tuvo que vender “(porque) me las empezaron a enyerbar, con yerba de esa que le echan al monte”.

Pero la fuerza de voluntad que parece surgir de atrás de su invidencia, lejos de arredrarlo ante las adversidades lo ha hecho enfrentarlas con mayor empuje: Cuando la cocina y el cuarto empezaron a mostrar los resultados de la antigüedad, reunió el dinero de las últimas reses para comprar material de construcción.

En esa oscuridad permanente cargó con el cemento, la arena, la grava y las mallas metálicas. Luego calculó, midió y ejecutó las pesadas tareas de albañilería, empeñado en contar con una estancia más durable.

Solamente para “echar el colado” pidió ayuda -debido a su edad- pero después continuó él solo con el procedimiento de rellenar el suelo del siguiente cuarto, que se convertirá en cocina una vez que termine de nivelarlo, y cuando tenga el recurso para techarlo con cemento y ponerle el piso. “(Porque) se lleva 10 bultos de cemento”.

-¿Y el relleno usted se lo echó solo?
“Sí (…) hasta emparejar (…) las cadenas; y allá también (el otro cuarto) nada más que ahorita se me acabó la piedra; ya no hay, hasta que compre”.

Exhibe su escasa dentadura superior al sonreír repetidamente como resultado del asombro que causa la manera en que ha desarrollado tantas tareas que de suyo pueden ser complicadas, y máxime en su condición, a la que se agrega la soledad de su eterna soltería.

Por eso sus días comienzan temprano, para que los minutos rindan en labores que sabe, le llevarán más tiempo de lo habitual: “A las 5 de la mañana, a hacer la lumbre”.

-¿Y usted cocina?
“Claro, quien más”.

-¿Y para lavar los utensilios, prender la lumbre?
-“Uh… eso es lo más fácil”.

-¿Usted solo?
“Pues sí, yo solo.

¿Y ya vio mi solar?
Limpio”.

-¿Usted lo limpia?
“Sí (…) con un güingaro que tengo ahí”.

– ¿Y cómo le hacía para orientarse?
“Pues conociendo las calles”.

– ¿Y nunca tuvo ningún accidente?
“No, nunca”.

En esas andanzas, la fortaleza física (que aún se adivina bajo la playera que le regalaron en la última campaña) le ha servido para no enfermarse.

Y pese a que cada vez hay menos pelo en su cabeza y más canas que también invaden las arrugas en el rostro, don Agustín se levanta cada día con nuevos ímpetus y proyectos, como la cerca que pretende levantar.

O como el pozo de cuatro metros que va a desazolvar y el baño que quiere construir. Ante ello, la pregunta es obligada, y la espontánea respuesta no deja de sorprender:

-¿Nunca va a dejar de trabajar?
“No, hasta que me venza”.