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Foto: Webcamsdemexico

Huracanes: del temor a la vida

Gabriela Martínez/Quadratín Quintana Roo
 
| 26 de mayo de 2018 | 14:24
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PLAYA DEL CARMEN, QRoo, 26 de mayo de 2018.- Solo cuando dejamos de temer, comenzamos a vivir… La lección se cierne una y otra vez en la gente que vive en Playa del Carmen, Cozumel, Cancún o cualquier otro destino de Quintana Roo, sobre todo en la temporada de fenómenos hidrometeorológicos.
Y apenas hace un par de días, la tormenta subtropical Alberto nos recordó que en las costas del Caribe se vive siempre con la amenaza de tormentas y huracanes, pese a que el sol brille en su máximo esplendor.


Los nubarrones negros, el vivaz oleaje moviendo las barcazas y los relámpagos en el cielo, enmarcan magistrales fotografías, pero para los quintanarroenses esto representa la viva imagen de recuerdos dolorosos como el huracán Janeth, que arrasó el 27 de septiembre de 1955 las casas de madera de la parte baja de Chetumal, con categoría 5 en la escala Saffir Simpson y cambió tajantemente el rumbo de la historia de Quintana Roo al dejar más de 700 víctimas, de las cuales muchas fueron niños.

 

Hay imágenes que parecieran de ensueño si no reflejaran el poderío de la naturaleza e hicieran olvidar que el 14 de septiembre de 1988 así coqueteaba Gilberto, considerado uno de los más devastadores huracanes casi al cierre del milenio, cuando estaba lejano a las playas de Cozumel para luego acercarse y destruir gran parte de Quintana Roo y del territorio del Sureste.

 

Viviendas, negocios, carreteras, hoteles y la incredulidad e irresponsabilidad de la gente en ese entonces, que minimizó el impacto del fenómeno y no se previno, para después sufrir de hambre y sed mientras llegaba la ayuda de afuera. Algunos aún recuerdan que, como a la tradición de los abuelos, quemaban tortillas para hacer café.

Gilberto abatió la isla de Cozumel con vientos de 296 kilómetros por hora y luego se internó 85 kilómetros en tierra quintanarroense con categoría 5 en la escala de Saffir Simpson. Dejó a su paso inundaciones, pérdidas, muertes.

Fueron alrededor de 35 mil damnificados, 60 mil viviendas destruidas y más de un millón de dólares en pérdidas. Pero aún faltaba la prueba más grande para las familias, que llegaría con Wilma, en 2005.
Los quintanarroenses se levantaron, emergieron, adoptaron una cultura de huracanes, pero confirmaron que “solo cuando dejamos de temer aprendemos a vivir” al llegar Wilma, el huracán más terrible que vino a tierras mexicanas y que permaneció más de 60 horas.
Desde el 19 de octubre de 2005 se empezaron a sentir sus efectos. Cuando apenas se acercaba: cayeron postes de luz, árboles y la torre de comunicaciones de Radio Cultural Ayuntamiento en el municipio de Benito Juárez.

Cancún se quedó incomunicado al igual que otras ciudades de la costa. Wilma entró el 21 de octubre y claramente, hasta unos 20 kilómetros de distancia del litoral, se oía el rugido del mar. Con el Internet en su fase incipiente, afuera de Quintana Roo sabían lo que acontecía con Wilma, menos los habitantes locales. Muchos salieron de sus casas cuando estaba el ojo encima de Cancún, ante la calma engañosa.
El domingo 23 de octubre todo estaba consumado: el Mar Caribe y la Laguna Nichupté se habían juntado en Cancún. Los hoteles estaban dañados, no había arenales ni palmeras. Wilma secó la vegetación, tiró bardas, anuncios, inundó casas, destruyó negocios, dobló varillas de construcciones y causó saqueos en supermercados, tiendas y robos en hogares. No hubo agua ni luz. Los otros municipios de Quintana Roo se quedaron sin víveres, sin carreteras, incomunicados, pero con muchas ganas de pararse y remontar el hecho.
La Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS) estimó, en ese entonces, que las pérdidas por el gigantesco monstruo de agua, ascendieron a más de mil 752 millones de dólares.
La Temporada de Huracanes 2018, que oficialmente inicia el 1 de junio y concluye en noviembre, se adelantó con la tormenta Alberto, que sorprendió a más de uno, pero los quintanarroenses saben que “solo cuando dejamos de temer, comenzamos a vivir”, y que hay que acostumbrarse a estos fenómenos hidrometeorológicos y tratar de admirar la belleza de la naturaleza.