Indignación es una palabra fuerte o debería serlo. Representa un cúmulo de sentimientos, pensamientos y acciones que se desatan tras la injusticia. A diferencia de la simple ira, la indignación exige un satisfactor muy complejo, en ocasiones casi indescriptible pero que, cuando se tiene, se reconoce y cuando se ausenta, se siente: la dignidad.

Han resultado inquietantes las movilizaciones en Estados Unidos como efecto de la indignación social provocada por el asesinato de George Floyd, ciudadano norteamericano, bajo -literalmente- el yugo de el exceso policial; pero también ha causado inmenso revuelo la estratagema política del presidente Donald Trump al utilizar sin pudor algunos símbolos religiosos del cristianismo en medio de la crisis.

Dejemos a los especuladores del poder sus interpretaciones sobre el uso de estos guiños políticos (y de la potencial zanahoria de 50 millones de dólares para proyectos de libertad religiosa patrocinados por EU) en la actual campaña de reelección de Trump; nos enfocaremos en los símbolos religiosos que se llevaron a un nivel de propaganda (o al menos así censurados por los líderes religiosos católicos y episcopalianos en Washington).

Primero, los asesores recomendaron y concretaron una serie de fotografías del presidente Trump sosteniendo la Biblia frente a un templo de la iglesia episcopal y frente a la Casa Blanca; pero también una visita al santuario de San Juan Pablo II donde posó junto a su esposa a los pies de una efigie del pontífice polaco y posteriormente hincados en los reclinatorios del Sagrario del recinto. En concreto: signos de muy alta estima para creyentes cristianos y católicos de los Estados Unidos; y dichos signos tenían destinatarios muy concretos y quizá no sería tan aventurado suponer que Dios no estaba entre ellos.

Más allá del sentido religioso, la cultura norteamericana popular ha convencido al mundo que en todo cuarto de hotel debe haber una Biblia y que todo proceso legal se juramenta colocando la mano sobre ella. La Biblia, como símbolo norteamericano, es una apuesta fuerte. Sin embargo, Trump no dejó en ella toda la carga simbólica: la peregrinación al santuario, la veneración a uno de los santos más amados del catolicismo y la postración ante el Santísimo ha conmovido a millones de católicos en todo el mundo y conmocionado a muchos más.

En su famosa Oración del Almuerzo Presidencial del 23 de agosto de 1984, Ronald Reagan hizo una recapitulación de la importancia de la religión y los símbolos de la fe en el origen y futuro de los Estados Unidos: “Siempre he creído que la fe y la religión tienen un papel crucial en la vida política de nuestra nación y siempre lo tendrán”. Todo mandatario norteamericano lo ha sabido y han debido operar con delicadeza en el balance de esa relación; por ello, con más o menos cautela utilizaron discursivamente los contenidos de esta compleja relación.

Sin embargo, lo hecho por Trump ha sido burdo, torpe e incluso ofensivo para los creyentes que saben que su religión es mucho más que los símbolos. Los signos (la Biblia, la peregrinación, el santuario, el Sagrario) son sólo portadores de contenido, un contenido poderoso; pero si esos signos se privan de su contenido son signos sin mensajes, significantes sin significado, enigmas huecos; objetos, escenarios o acciones vacías y confusas.

Eso es lo que molestó a los líderes religiosos y que los orilló a censurar los actos de Trump; y es lo que molesta también en otras naciones cuando, por ejemplo, mandatarios como en Bolivia y Brasil utilizan la Biblia como escudo de sus políticas racistas o clasistas; o cuando líderes en México, Chile o Colombia apelan a símbolos religiosos abajándolos a curiosidades del folclore local. Sin contenido, los signos son inútiles: significantes sin significado.

El riesgo de vivir en la superficialidad de los signos es que prácticamente la realidad comienza a perder densidad y sentido en todos los demás ámbitos, no sólo en el religioso. Quizá por ello, tras las graves escenas de disturbios, saqueos y violencia en su nación, Trump sólo haya expresado: Ley y Orden. Es otro caso en el que el presidente norteamericano conoce el significante in-dig-na-ción, pero le es imposible acceder a su significado.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe