“No es un triunfo personal”: Gino Segura llama a Morena y aliados a hacer equipo
CANCÚN, QRoo, 20 de noviembre.- Son las 7 horas y Cindy ya está de pie. Tiene 37 años, es madre de cuatro hijos y vive en el fraccionamiento Los Héroes de Cancún, una zona modesta de la ciudad.
A las 7 horas inicia su día, entre ella y su esposo preparan el desayuno de sus cuatro hijos y él de ellos.
A las 7:30 horas despide a su esposo en la puerta de su casa que se va a trabajar. Cindy se queda un poco triste porque tendrán que pasar más de 16 horas para volver a ver a su pareja.
A las 9 horas les sirve el desayuno a sus hijos y se sienta con ellos a platicar un poco de cómo les fue en la escuela. A las 11 horas los manda a bañar para que a las 12:45 los deje en la escuela que “gracias a dios”, dice, nos queda a 10 minutos caminando.
Posteriormente, Cindy regresa a casa, se alista para salir de su vivienda a las 13:15 horas para tomar un mototaxi que le cobra 40 pesos solo por poco menos de dos kilómetros para tomar su transporte a las 13:30 que la lleva a su centro laboral; si pierde el primer camión y llega después de las 15 horas le descuentan el día.

Cindy es mesera en el restaurante principal del hotel. Su sueldo base es de 200 pesos diarios (aproximadamente 3 mil pesos a la quincena . Ese dinero apenas cubre la renta de la casa de block que comparte con su esposo y sus cuatro hijos. El verdadero ingreso —lo que hace posible la comida, la escuela y la luz— son las propinas.
“Si no haces propina, no comes”, dice con una media sonrisa mientras dobla servilletas a las 15:30 a.m., antes de que lleguen los primeros huéspedes a comer.
Un día normal laboral de Cindy empieza a las 15 horas y termina a las 23 horas o dependiendo de si hay algún evento extra donde se puede ganar unos pesos más. Son las 8 horas de pie, corriendo entre mesas de 10, 12 y hasta 20 personas. Lleva bandejas con platos calientes, jarras de jugo de 3 litros, tablas de carnes que le pesan mucho.
“Lo más pesado no es cargar, es sonreír todo el día, aunque te duelan los pies o tengas un problema en casa”, cuenta mientras limpia una mesa que un grupo de turistas mexicanos dejó llena de arena y restos de comida.
En los hoteles todo incluido las propinas no son obligatorias. Muchos huéspedes creen que “todo está pagado” y no dejan nada. Otros dejan 20 o 50 pesos. Los que dejan bien son los estadounidenses, canadienses y los mismos mexicanos que han trabajado alguna vez de meseros: un dólar, cinco dólares y hasta 50 dólares, si los clientes quedan contentos con la atención. Cindy guarda cada billete en una bolsita verte tipo cangurera que uno de sus hijos le regaló.

En un buen día saca entre 300 o 500 pesos de propina. En un mal día, 300 o menos.
Cindy comenta que el inicio de la temporada alta en este mes de noviembre representa para ella y miles de trabajadores hoteleros una esperanza para poder ganar mejores propinas, con eso paga renta (5000), luz, agua, despensa, pasajes y dice, que este año desea poder comprar un arbolito navideño natural.
“Cuando hay mal tiempo o cuando llueve mucho, los turistas no salen del cuarto y nos vamos casi en ceros. Esos días yo y mi esposo tenemos que hacer milagros con lo que hay en la casa”, afirma.
Cindy lleva 14 años siendo mesera. Empezó a los 24. Ha trabajado en por lo menos ocho hoteles diferentes; en algunos lo corrieron cuando bajó la ocupación, en otros aguantó temporadas enteras sin contrato ni prestaciones, soportando también el robo de sus propinas por la propia empresa hotelera. Ahora, tiene antigüedad y seguro social, pero sabe que eso puede cambiar en cualquier momento.
Durante su jornada laboral tiene 30 minutos “oficiales” para comer. La mayoría de las veces come de pie en la cocina del personal. A veces incluso a escondidas en el baño algo ligero para no perder mucho tiempo. Luego sigue corriendo.

A las 22:50 horas, cuando por fin termina el último servicio, se quita el chaleco empapado en sudor, cuenta las propinas del día con sus compañeros y reparte el 10 por ciento que por costumbre se deja al capitán y al barman. “Muchos piensan que porque trabajamos en hotel de lujo nos va bien. Pero aquí el lujo es de ellos, no nuestro. Nosotros somos los que hacemos que parezca fácil”, dice Cindy mientras guarda su uniforme en una mochila vieja. Luego toma el último camión rumbo a casa. Llega cerca de las 0:15 horas a su hohar con mucho dolor de espalda y pies, se baña rápido, besa a sus hijos que ya duermen y se acuesta a platicar un poco con su esposo de cómo estuvo el sía de cada uno . A las 7 horas vuelve a sonar la alarma.
Todos los días volverá a levantarse a las 7 horas. Volverá a sonreír, aunque le duelan los pies, espalda y brazos. Volverá a cargar bandejas de 15 kilos y a decir “pleasure” aunque el cliente apenas lo mire. “Porque en Cancún, para miles de meseros como yo, la diferencia entre comer o no comer sigue dependiendo de un billete doblado que alguien decida dejar —o no— sobre la mesa”, asegura.
Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Quadratín Quintana Roo.
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