Si algo extraña López Obrador es la presidencia imperial, así llamada por uno de sus opositores más odiados, y que fue la que se estiló en México durante más de medio siglo, hasta la reforma política impulsada por Reyes Heroles durante el gobierno de José López Portillo y que abrió la contienda electoral al entonces Partido Comunista Mexicano y, en consecuencia, a todos los otros grupos políticos que demandan ser reconocidos por el Estado Mexicano como sujetos con derecho a disputar el gobierno.

Desde López Portillo, quien había competido contra su espejo durante las elecciones previas, la creación de las oposiciones ha sido constante, pero incluso con la transición del año 2000 han quedado a deber. En ese entonces por la frivolidad y cortedad de miras de Vicente Fox, que fue incapaz de aprovechar el bono democrático con el que llegó al poder; su sucesor, Felipe Calderón fue tan timorato como su predecesor y se mostró incapaz de emprender una reforma profunda del Estado que tuviera como sus ejes el Estado de Derecho y el destierro de nuestro mal mayor: la impunidad, en un país tocado por la inequidad y la corrupción. La Estela de Luz, el monumento conmemorativo que debía celebrar el bicentenario de la Independencia y el primer centenario de la Revolución, devino en efigie a la corrupción que su gobierno cobijó y prohijó. La famosa estela tuvo un costo de poco más de mil millones de pesos y un retraso para su entrega de más de 15 meses. Nadie fue indiciado por ese inmenso fraude.

Sí, porque la corrupción ha existido siempre, en cada gobierno, y bastaría rascarle un poco para encontrar casos similares en todos. Este, el de la 4T, no es la excepción. Cada sexenio cambia sus métodos, la corrupción, se entiende. En el de López Obrador ocurre con los contratos a modo, para los cuates, los aliados, los incondicionales, mediante asignaciones directas de contratos multimillonarios. Es a dedo, o lo que diga su dedito, pues.

Cuando algún día desaparezca la pandemia, sea porque llegue la vacuna o simplemente se aplane la curva o se le dome, como diría el clásico, el paisaje que dejará este año será demoledor. Descubriremos entonces que la vajilla está rota, y que muchas de sus piezas son irreparables.

No soy zahorí, como diría mi abuela, pero me arriesgo a predecir que entre el desastre se encontrará también la famosa 4T y YSQ, roto su sueño de regresar a los tiempos de la añorada presidencia imperial. Porque contra su desapego de la realidad, su ausencia de la menor empatía frente a los casi 20 millones de desempleados y su negligencia criminal en el trato que ha dado a la pandemia, nada quedará de sus sueños de grandeza.

Los estadistas y grandes gobernantes se prueban en las crisis. Hay múltiples ejemplos de ello en la historia universal, y algunos en la nacional, pero llegar de entrada a colocarse entre ellos sin haber dado muestras de que está a su altura, sólo nos habla de un individuo son serios problemas de narcisismo y bipolaridad.

El problema de los mexicanos que lo eligieron es que el futuro en el que despertarán luego de esta ya larga pesadilla será algo muy similar a los años setenta, durante el echeverriato, una época muy parecida a ésta donde el mandatario en cuestión construía inmensos monumentos de palabras que fueron barridos por el viento incluso antes de que dejara el poder. Ahora duran cada vez menos. Tengo la impresión de que han devenido en pompas de jabón, que se esfuman unos segundos después de haber sido pronunciadas. Es el problema con los mundos de fantasía.