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Foto: Especial

Sin Gafete

Isabel Arvide
 
| 24 de septiembre de 2018 | 16:36
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DE RETRASOS, APAPACHOS Y FRACTURAS…
Quieren pasarle factura por ser como es, por expresarlo, además.
Por todo aquello que dictamina su manera de comportarse, su accesibilidad, su característica humana.
Andrés Manuel es un hombre normal, del Sureste.  Que utiliza modismos y apapachos rutinariamente.  Lo asombroso para sus enardecidos críticos es que siga haciéndolo.  Que no haya cambiado pese a ser ya el presidente electo.
¿Querían un político, un mandatario, que se subiese a un ladrillo de poder con anticipación?  ¿Querían, quieren a un líder social acartonado?  No lo van a obtener.  Sin embargo, ha comenzado una campaña sistemática en su contra por esto.  Por ser como es, por su personalidad que le sumó más de treinta millones de votos.
¿Por qué va a ser ofensivo que llame “corazoncito” a una reportera?  ¿O que ponga su mano sobre el hombro de otra, de una senadora, de una gobernadora?  Así se expresan los tabasqueños.
La semana pasada López Obrador tuvo que quedarse varado, dos veces, en aeropuertos de provincia por la intensa lluvia en la Ciudad de México.  ¿Es que un avión oficial puede estar por encima del cierre del aeropuerto?  ¿Habría evitado estos retrasos de viajar en el avión presidencial?
Un aeropuerto puede o no recibir aviones.  A todos los aviones.
Entonces cualquier avión tendría que esperar en provincia antes de despegar rumbo a la Ciudad de México.  Si Peña Nieto ha aterrizado, en el avión oficial, contra las indicaciones de seguridad por causa del clima que prohíben a otros aviones hacerlo, ha sido un error terrible.
Andrés Manuel ha tomado estos retrasos, como intentamos hacerlo todos los pasajeros en sus circunstancias, con paciencia y sentido del humor.  ¿Hubo un desastre?  Absolutamente no.  Fue un retraso, en vuelos de regreso, al final de sus actividades, punto.
Luego vino la fractura de la pierna de su hijo pequeño.  Y una inmoral campaña en su contra porque fue atendido en un hospital privado.  Magnificación de hechos, cuestionamientos públicos, que deberían avergonzar a sus protagonistas.
López Obrador no ha tomado posesión como presidente constitucional. Su respuesta, la de su esposa Beatriz, la de su familia, fue justamente la que hubiésemos tenido todos, independientemente de nuestros ingresos: Buscar la mejor atención médica de inmediato.
Y luego, a ver cómo pagamos, cómo juntamos, como empeñamos, como  completamos… primero los hijos.
Un niño debe merecer respeto.  Todavía más cuando su madre, Beatriz, ha hecho pública su decisión de mantenerse alejada de cualquier posición pública y/o de poder.
Volvemos a la pregunta inicial. ¿Qué queremos en la persona, en la familia de un mandatario?  Y si los críticos furibundos, algunos, muchos interesados y temerosos de perder privilegios económicos, no entienden que la respuesta a esta pregunta se dio en las urnas, van a instalarse en la provocación.
Lo que debe preocuparnos es que esta actitud incide en una confrontación social que debimos haber superado hace mucho tiempo, cuando se acabaron las campañas políticas y con ellas los “dividendos” por atacar a López Obrador a priori…
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