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Foto: Especial

Sin Gafete

Isabel Arvide
 
| 28 de septiembre de 2018 | 11:23
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UNA VIDA EN LA POLICÍA: LUIS ROSALES GAMBOA
Esto de las manifestaciones harta a una inmensa mayoría de ciudadanos que quedan atrapados, entre sus compromisos de trabajo y su casa, entre su cansancio y su hambre, entre sus ganas de dormir y sus preocupaciones, en el tráfico horripilante.  No importa cuál sea la razón de éstas, si tienen un sentido moral o reivindicador, lo que provocan es una noche de mentadas.
Y quien más las recibe se llama Luis Rosales Gamboa, es el subsecretario de Tránsito de la SSP de la Ciudad.
Personalmente, con su radio abierto, estuvo en las calles este miércoles de Iguala, con una manga para paliar la lluvia, intentando poner un mínimo de orden en lo imposible.
Antes, una hora antes, le habían entregado una medalla por sus 45 años ininterrumpidos en la Policía.  Apenas cambiarse el uniforme de gala para irse a la calle, donde siempre ha estado.
El “Jefe Apolo” ha servido a 19 administraciones de la SSP de la Ciudad.  Y vaya que debe haber sido complejo adaptarse a otros tantos, 19 son muchos, estilos de mando.  Su padre fue policía.  Sus hijos son policías.  Y su esposa, dice, es muy paciente.  Le aguanta hasta que permita que la lleven al corralón.
Un hombre afable, con lentes, de hablar suave, Rosales Gamboa ejemplifica la vocación policiaca.  Algo que se lleva en la sangre, que se contagia en la casa, que va más allá de un salario.  Ya debía, podría jubilarse, pero es obvio que no quiere. Que extrañaría mucho las jornadas sin horario, la adrenalina, las imposibilidades del uniforme.
Hace dos semanas regresaba, pasada la medianoche, de apoyar en una inundación en Xochimilco, en las colonias del Sur.  Empapado como era obvio, hasta las cejas de cansancio.  Rumbo a casa después de haber rescatado a personas de sus casas y de sus automóviles.  De pronto vio, parados, indefensos, en la estación del Metrobús a decenas de personas que no podían moverse, que no sabían que no iba a reanudarse ese servicio de transporte público.  Y porque sí, porque le dio pena que no iban a llegar a su casa, puso a su gente, a patrullas, a camionetas, la suya propia, a mover a esa gente hasta donde sí pasaban autobuses o peseras.
Porque sí.  Porque le nació.
Su preocupación ha sido, sigue siendo, formar nuevas generaciones de policías.  Los que hoy son jefes fueron, en el argot, sus “pollos”.
¿Hay policías así?  Tiene que haberlos.  Sería muy raro que Luis Rosales, el “Jefe Apolo”, fuese el único.  ¿Ayudaría a los mexicanos que hubiese muchos policías así, con verdadera vocación de servicio, con pertenencia a su institución, con claridad en su misión?  Supongo que sí.
Por lo pronto, a lo que nos ayudó el “Jefe Apolo” durante la marcha de Ayotzinapa el pasado miércoles fue a llegar a casa.  Tarde y enojados y más molestos por lo que tuvimos que gastar de gasolina, también de vida, inútilmente, pero llegamos mientras un señor policía guardaba una medalla y dirigía el tráfico…
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