Por alguna razón, que sólo ellos conocen, pero se puede adivinar, los dirigentes de la coalición que lleva a López Obrador como candidato presidencial han comenzado a decir que se fragua un fraude en las próximas elecciones.

Temen que la ventaja se les escurra entre las manos si se llegara a dar una votación masiva y razonada.

Les asusta que los electores lleguen a una conclusión sencilla a la hora de estar a solas frente a la boleta electoral: vamos a elegir al mejor y no al peor.

Esa es la cuestión central: si podemos hacer presidente al mejor, ¿por qué vamos a elegir al peor?

Esa reflexión les provoca miedo e inseguridad.

De pronto se convierten en fervientes seguidores de las encuestas que antes descalificaban porque no iban arriba o con la ventaja que soñaban.

Ahora que tienen una mayoría holgada en los sondeos de opinión, se dan por vencedores anticipados y, como expresaron Yeidkol Polevnsky y Alberto Anaya (presidentes de Morena y el PT), “sólo habrá que esperar a que no se consume el fraude que el PRI y el PAN están fraguando”.

Cuando las encuestas no les favorecían, acusaban que estaban “cuchareadas” y que el verdadero resultado se daría en las urnas.

Y cuando les son favorables, como es el caso, dicen que las elecciones ya son cosa juzgada. Y si no coinciden los resultados comiciales con las encuestas, entonces será producto del fraude.

¿Quién dijo miedo? ¿Por qué la inseguridad?

Tienen miedo porque las encuestas (El Financiero) indican que el 43 por ciento del electorado aún no decide su voto o puede cambiar de preferencia.

No han ganado, y son expertos en boicotearse.

Su candidato es un político mediocre que en cualquier momento enseña su verdadera estatura en un arrebato de sinceridad.

¿De veras los jóvenes van a votar por el que ofrece el modelo más viejo?

¿En serio un país grande como México va a renunciar a su lugar en el mundo para enconcharse, empequeñecido sobre sí mismo?

Las encuestas dicen que, hasta el momento, así es. Pero casi la mitad del electorado aún no decide. Y falta la reflexión del voto.

Ayer López Obrador debió estar en la reunión de consejeros regionales de BBV-Bancomer para exponer lo que piensa, y no asistió. Los demás candidatos sí fueron.

Él prefirió no acudir porque no se atreve a decir con claridad lo que piensa. O porque todavía no ha pensado bien lo que va a hacer.

López Obrador no es un político de ideas, sino de ocurrencias.

Sus planes los cambia de manera radical de una campaña a otra.

Hace seis años prometía quitar a las Fuerzas Armadas de las calles “al día siguiente” de su toma de posesión. Ahora dice que las va a dejar de manera permanente, en una Guardia Nacional.

Con Alfonso Romo manda decir que las licitaciones de campos petroleros derivadas de la reforma energética están bien y se van a respetar. Pero en la plaza pública se compromete a “no descansar hasta revertirla”.

Igual con la reforma educativa: manda decir que no se va a echar abajo, que por favor no lo mal interpreten, y en Oaxaca se compromete a derogarla.

Por eso no fue con los consejeros de Bancomer, pues no tiene claro qué va a decir para agradarlos, sin hacer enojar a los grupos radicales que llegarían al poder con él para gobernar.

No quiso arriesgarse a que salga el verdadero López Obrador y sufra un tropiezo. Prefirió irse a una plaza pública en Guanajuato donde puede hablar, arengar, decir lo que quiera sin que nadie le pregunte nada.

En esa indefinición va a gobernar, si gana.

Pero todavía falta. La población aún no decide su voto.

Están nerviosos los dirigentes que llevan a AMLO y empiezan a hablar de fraude, en unas elecciones archi vigiladas.

Tienen razón. Los ciudadanos, en la soledad de la casilla, tal vez se hagan la pregunta clave: ¿voto por el mejor, o voto por el peor?