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Foto: Especial

AMLO más allá de su entourage

Felipe de J. Monroy
 
| 07 de noviembre de 2018 | 15:16
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La teoría política afirma que desde el poder es más sencilla la expansión que la transformación; siempre será más fácil sumar adeptos que lograr que éstos cambien hábitos y costumbres. Andrés Manuel López Obrador marcha hacia su toma de posesión sobre una larga pista de transición de poderes en las que ha asumido de facto las facultades de regente plenipotenciario y el objetivo -ha quedado claro- no es la extensión de sus dominios sino la trasformación de los existentes.

Es un periodo singularmente complejo donde las fronteras de sus aliados y sus detractores están construidas con murallas de acero. Sobre las dinámicas inerciales de una sociedad en vías de desarrollo ha crecido una especie de “nación de chairos contra fifís”, una defensa ultranza y una crítica inmisericorde. Los extremos de esa actitud se tocan en su radicalidad e inmovilidad. Nadie podrá convencerlos de conceder un ápice en sus certezas.

En el fondo, es una pérdida de tiempo pensar en la expansión de influencia en esos extremos. El proyecto de nación al que todo el equipo de López Obrador está obligado a orientar sus esfuerzos de transformación se encuentra en esa extensa pradera independiente. Un heterogéneo y plural conglomerado de mexicanos que conforman la estructura intermedia y le dan vida a las dinámicas sociales, culturales y económicas del país.

Los antiguos asesores de regentes recomendaban que el poder debe preferir conquistar o negociar una gran extensión árida antes que a una porción pequeña fértil porque el trabajo puede convertir fértil lo que no es. En el caso que nos atañe, la transformación (si en verdad desea ser) es inútil desde la radicalidad, se requiere invitar al proceso a la gran extensión neutral, sólo el trabajo de ésta puede hacer positivo lo que hoy no es.

A manera de cliché, los habitantes de esta porción intermedia suelen repetir con honesta simpleza que “desean que al presidente le vaya bien porque si a él le va bien, al país también le irá bien”. Pero hasta allí llega su compromiso, no se sienten involucrados en ese proceso; es la expresión natural de alguien que mira la justa desde la baranda.

Quizá no sea indiferencia del todo, en realidad han recibido muy poca atención en estos meses; ni el equipo de transición ni sus opositores les han ofrecido mensajes claros. Pongo algunos ejemplos: Son esa porción social que está de acuerdo con sistemas ordenados de consulta popular, pero desconfiaron de la organizada por el aeropuerto; los que están a favor del cambio de centroide de los poderes fácticos, pero se cuestionan dónde se integra la ciudadanía en el proyecto de nación; los que desean que el Estado sancione el sistema de corrupción, clientelismo y prebendas, pero ven improbable que el presidencialismo abandone la figura de compadrazgos.

En síntesis, AMLO es el actual regente del país, tomará posesión canónica hasta el 1° de diciembre pero su peso específico ya se hace sentir a través de cuerpo legislativo aliado y mayoritario, de grupos de presión dogmática (partidarios y detractores) y de medios de comunicación que aún buscan su identidad en las nuevas narrativas del poder.

En este contexto, el principal problema del poder para Andrés Manuel es la tentación de confiar exclusivamente en su entourage y en sus funcionarios que son cercanos en apariencia, porque los palacios suelen tener muchas puertas ocultas y siempre es noche cuando el soberano parpadea.

Concluyo con una última fábula educativa que los asesores del poder nos heredaron de sus errores. Un sabio visir que había visto el alba y el ocaso de no pocos gobiernos se preguntó: ¿A quién deben atacar primero los enemigos: a un líder fuerte e injusto o a un líder débil pero justo? Y la respuesta es evidente: al primero, porque sus aliados no acudirán en su ayuda.

@monroyfelipe