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Foto: Especial

Del rito sagrado maya, al deporte extremo

Gabriela Martínez/Quadratín Quintana Roo
 
| 05 de junio de 2018 | 16:04
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PLAYA DEL CARMEN, QRoo, 5 de junio de 2018.- Mar abierto, profundidad cercana a nueve kilómetros, las olas pegan incansablemente por un lado y por otro a la delgada canoa. El constante sol cala y la temperatura, cercana a 40 grados centígrados, deshidrata la piel, pero no el alma. Ya se olvidó el dolor del cuerpo y sobre todo de los brazos que, cómo dolían. En la mente, solo hay una consigna, una obsesión: rema, rema, rema… Para Lidia del Carmen Gómez Puente, de 40 años de edad, esos son parte de sus recuerdos de la Travesía Sagrada Maya, una experiencia que califica como “meditación en movimiento”. Ella fue una de las 173 mujeres que en canoa, se aventuraron al mar abierto y remaron en una procesión marítima durante casi ocho horas, solo con su remo y la rudimentaria vestimenta maya.

A las 5 horas, cuando el mar aún se veía negro, el sábado 2 de junio, los canoeros de la Travesía Sagrada Maya partieron del puerto de Xcaret rumbo a Chankanaab, Kuzamil (Cozumel), a donde Lidia y sus 376 compañeros llegaron alrededor de las 9:20 horas. En total, remaron cuatro horas con 20 minutos. El objetivo, visitar a la diosa Ixchel, a quien le rindieron tributo.

El domingo 3 de junio, del puerto de Chankanaab, que en maya significa pequeño mar, Lidia del Carmen y los canoeros iniciaron a las 8:30 horas su travesía de regreso a Xcaret, transformado para visitantes y locales en Polé, uno de los más importantes puertos mayas entre los años 900 y mil 550 después de Cristo, a donde arribaron los canoeros al mediodía, tras enfrentar el poderío del mar. Remaron tres horas y media, de forma contínua, sin descanso.

Un año antes, la Doctora del Puerto, como también se le conoce a Lidia del Carmen Gómez, presenció un espectáculo semejante y la mujer de 40 años de edad, cambió su vida para siempre.x

“Quise ser una protagonista de este ritual de los quintanarroenses modernos, que se lleva a cabo con la solemnidad y el misticismo de hace cinco siglos”, dijo Lidia, y empezó su aventura:

“Participar fue para mí una experiencia importante, una catarsis. Estaba en duelo por la muerte de mi madre y la travesía significó un reto y un homenaje a ella.

“La inversión, comenta, fue de aproximadamente mil 500 pesos:

“Poca, si considero todo lo que el comité organizador nos da, seis meses de entrenamiento tres veces a la semana”.

Recuerda que viajaba martes, jueves y sábados antes de salir el alba de Puerto Morelos a Cancún para sus prácticas: nado en mar abierto, aeróbicos, carreras y sobre todo, aprender a dominar las canoas.

“Los ejercicios duraban 120 minutos, de las 8 a las 10 horas. Comencé a disfrutar del amanecer, del olor a peces, de la brisa. Nadar y remar en mar abierto se convirtió en una parte de mi vida, en un espacio íntimo, en una meditación en movimiento.

“Pero no todo fue fácil”, relata:

“Para ser seleccionados, los entrenadores prueban nuestros nervios: tenemos que nadar en mar abierto y luego, provocar un tumbo, que es voltear a propósito nuestra canoa. Si ellos observan que no nos da pánico, somos aptos para la Travesía Sagrada Maya”.

Pero conforme pasó el tiempo, los tumbos se hicieron parte esencial de la práctica:

–Me gustaba ir, pero en mi mente decía no, no quiero voltearme, y terminaba siempre mojada, entre el oleaje.

Poco a poco, explica, los canoeros van entendiendo, asimilando, superando los tumbos hasta vencer los miedos y la resistencia humana:

“Fueron horas y horas de remar, de hacer conexión con el mar, de llevar al límite mi esfuerzo físico y mi poder mental.

Y, en esa intimidad con el mar, el equipo es lo que da el rumbo a la canoa:

“Remamos juntos, pero por un fin distinto; en grupo compartimos la misma motivación y lo hacemos con gusto. A nadie le pagan por estar ahí, nadie rema a fuerza. El trabajo en equipo y llevar un mismo ritmo es la diferencia entre sobrevivir o hundirnos. Y en el remar parejo para no frenar la canoa, todos al mismo tiempo y con la misma fuerza, olvidamos el cansancio y superamos el dolor del cuerpo.

Además de ese trasfondo cultural y colectivo, la canoera de la Travesía Sagrada Maya dice que la experiencia es única:

“Vale la pena hacerla por lo menos una vez en la vida. Llega un momento en que todo te duele y luego, ya nada sientes: logras esa sintonía con el mar, sincronía con tu cuerpo y armonía con tu grupo. Se siente bonito saber que en tierra hay gente que te espera”.

Esta vez, esperaban a los canoeros 218 actores, quienes hicieron la representación de la décimo segunda edición, aunque una semana antes, la tormenta Alberto jugó aún más con su tenacidad:

“Nos hizo tener una semana angustiante, porque la travesía se suspendió y todos vivimos la incertidumbre. El cuerpo estaba ya preparado para remar en una fecha y se perdió la concentración”.

Afortunadamente, el sábado 2 y el domingo 3 de junio, el clima les benefició. Turistas y locales disfrutaron de una edición más de evento que en el siglo XXI funde a la Cultura Maya con la identidad quintanarroense moderna, luego de que en 2007, el Centro de Estudios Mayas de la UNAM y el Instituto Nacional de Antropología e Historia hicieron todo para recuperar y revivir la tradición.

Esta vez, a Lidia del Carmen la acompañaron 35 remeros de 10 países de América y de Europa.

Canoeros de Argentina, Canadá, Estados Unidos, Colombia, Venezuela, Reino Unido, Francia, Eslovaquia, España e Italia, junto con turistas nacionales e internacionales, gracias a la Travesía Sagrada pudieron constatar y sentir que, desde el 900 antes de Cristo hasta junio de 2018, la Cultura Maya sigue más viva que nunca en Quintana Roo.

“Si la voy a repetir, no lo sé, pero creo que cada entrenamiento, cada amanecer vivido, cada remada es una experiencia irrepetible”, concluye.