La república de los aristochairos
A principios del siglo XX, Porfirio Díaz soñó con lo que hoy se presenta como una novedad: un atajo entre el Atlántico y el Pacífico. En 1907 inauguró el Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec, con trenes que enlazaban Coatzacoalcos y Salina Cruz y llegaron a mover decenas de convoyes diarios. Pero el sueño duró poco: con la apertura del Canal de Panamá en 1914, y el estallido de la Revolución, la ruta perdió competitividad y el proyecto se vino abajo. Más de un siglo después, el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec repite la promesa: desarrollo, empleos y un supuesto progreso.
El plan oficial abarca la modernización del tren, la ampliación de puertos, gasoductos, nuevas carreteras y al menos 10 polos industriales a lo largo de 79 municipios de Veracruz y Oaxaca. Todo, en la franja más angosta del país, pero también en una de sus regiones biológicamente más ricas y frágiles de Norteamérica.
El resultado será un paisaje urbano fabril, el propio documento institucional reconoce que la industrialización del Istmo implicará la contaminación de agua, aire y suelo, tierras infértiles y muerte masiva de fauna y flora. Es decir, el corazón ecológico del sureste se transforma deliberadamente en una zona de sacrificio con impactos –tal y como lo especifica el documento– “permanentes, ineludibles e irreversibles”.
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