La importancia de lo incomprensible
El pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas es políticamente inmenso, aunque físicamente mucho más pequeño que el salón de sesiones de San Lázaro. Ahí se hace política del más alto nivel: despiadada y, al mismo tiempo, elegante; una política que define, en buena medida, los equilibrios del orden mundial… o al menos ése es el propósito.
Cada septiembre, cuando se abre el periodo de Debate General, los jefes de Estado y de Gobierno del planeta suben a su tribuna para hablarle al mundo, fijar la posición de sus países frente a los grandes desafíos globales y exponer su propia visión sobre el rumbo que debe tomar la comunidad internacional y el que lleva su propia nación.
Por una tradición de décadas, Brasil abre el desfile de mandatarios ante la Asamblea General; EU, país anfitrión, ocupa el segundo turno. Después comienza una larga sucesión de líderes mundiales cuyo orden cambia cada año.
Gracias a la diplomacia mexicana, durante años los presidentes de México consiguieron ocupar el séptimo turno.
Hay un protocolo de absoluto respeto a cada jefe de Estado. Antes de subir a tribuna, el mandatario aguarda en un pequeño salón al pie de la escalinata; cuando llega su turno, sube y espera en un sillón colocado a un costado. Tras ser presentado por el presidente de la Asamblea, comienza su mensaje, para el que se establece un máximo de 15 minutos.
La víspera, al arrancar el periodo de Debate General, el presidente Donald Trump subió a la tribuna de la ONU y destrozó el protocolo. Durante 40 minutos se presentó como el hombre todopoderoso que tiene al mundo bajo sus pies. Habló del país más poderoso, del ejército más poderoso y de la economía más poderosa del planeta.
Y habló y habló sobre 15 grandes ejes temáticos: la fortaleza interna de Estados Unidos —economía, empleo, pobreza, criminalidad y lo que Trump llama una nueva “era de oro”—; frontera e inmigración ilegal; rearme y poderío militar estadounidense; Irán; Israel y Gaza —y su papel como mediador internacional para terminar guerras—, y el conflicto Rusia-Ucrania.
La operación militar en Venezuela; la nueva doctrina estadounidense para el hemisferio occidental —con su disposición a utilizar la fuerza militar frente a amenazas—; los cárteles del narcotráfico; México —violencia de los cárteles, control territorial, frontera y relación con el gobierno mexicano—; Cuba, la presión sobre el régimen, las negociaciones y el futuro político de la isla.
Y cerró con Groenlandia, el Ártico y la OTAN; la ONU y el sistema multilateral —recortes, burocracia, Corte Penal Internacional, derechos humanos, migración, soberanía y rechazo a agendas globales—; inteligencia artificial, “superinteligencia”, competencia con China, regulación y liderazgo tecnológico estadounidense. Uffff.
Y, oh sí, habló sobre México y entró en un juego del que es especialista:
“México es el epicentro de la violencia de los carteles. Desafortunadamente, esto es inaceptable. Que Estados Unidos comparta una frontera de 3 mil 200 kilómetros con un territorio controlado por los carteles de drogas. México debe volver a controlar su territorio”, dijo. Y después señaló:
“Tenemos una relación muy buena con el gobierno de México. Hemos avanzado mucho con México. Ellos no quieren a los carteles allí. Y cuando llegue ese día, la región será más segura, un lugar más hermoso donde se puede vivir y prosperar”.
El de Trump fue un mensaje construido desde una visión hegemónica del mundo, sostenida en una autopercepción de poder absoluto dentro y fuera de su territorio y desde esa posición lanzó amenazas veladas hacia distintas regiones, amparado una y otra vez en su afirmación de tener al ejército “más poderoso” y a la economía más fuerte del planeta.
Pero hubo un detalle. Al día siguiente un breve mensaje de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, desmontó con una sonrisa la embestida de Trump contra México y contra el mundo. En su conferencia matutina de ayer le preguntaron sobre las afirmaciones del presidente estadounidense y ella entró en diálogo con el reportero:
—¿Qué le respondería, Presidenta?
—Bueno, después dijo otra cosa, ¿no?
—Sí.
—A ver, ¿qué dijo?
—Después dijo que “tenía una buena relación con México”, y que, bueno, “México iba…”.
—Y que nosotros también estábamos combatiendo a los cárteles.
—“También estaban combatiendo a los cárteles”. Sí.
—Sí, porque toman una parte de la declaración y luego no toman la otra. Digo, nosotros podríamos entrar a… Yo podría decir “es muy difícil vivir junto a un país que tiene un nivel tan alto de consumo de drogas ilícitas”; o podría decir “es muy difícil vivir junto a un país que tiene tanta producción de armas”.
“Pero no lo voy a decir, no lo voy a decir, porque tenemos buena relación con el presidente Trump y el gobierno de los Estados Unidos. Entonces, estamos trabajando de manera coordinada y vamos avanzando”.
La política internacional es la más despiadada y, al mismo tiempo, la más elegante.
RADAR
CIENCIA Y CULTURA. Aprovecho para compartir una extraordinaria noticia: el MIOS (Museo Itinerante | IFAL | OBSIDIANA | SAVOIR) comenzó su recorrido por México llevando ciencia, arte y cultura directamente a las comunidades. Tras su presentación en Universum, la primera escala fue el Museo Batalla del Monte de las Cruces, en Ocoyoacac, Estado de México, un sitio emblemático de la historia nacional que ahora abre sus puertas al conocimiento científico y la divulgación.
Entre los promotores de esta iniciativa se encuentra un gran amigo: Laman Carranza, quien ha apostado por sacar la ciencia de los espacios tradicionales y acercarla a nuevos públicos. MIOS inicia así un recorrido que busca tender puentes entre conocimiento, historia y comunidad. Una iniciativa que vale la pena seguir. Abrazo fuerte para Laman y su equipo.
SICARIATO. Y hablando de cultura, quisiera agradecer profundamente a Juan Ayón y José Sobrevilla por permitirme presentar, al lado de los extraordinarios periodistas Raúl Fraga y Karla Pulido, su libro “El sicariato informativo. El algoritmo, su arma letal”, una obra necesaria para entender uno de los fenómenos más corrosivos de nuestro tiempo: la destrucción deliberada de reputaciones desde los medios y su brutal amplificación en las redes sociales.
El libro obliga también a mirar hacia dentro del periodismo, porque antes del algoritmo están el titular, la filtración interesada, la versión sin comprobar y las malas prácticas capaces de convertir una acusación en sentencia pública. Juan y José ponen sobre la mesa un debate incómodo, pero indispensable, sobre la responsabilidad de quienes ejercemos este oficio. Enhorabuena a ambos.
Va un abrazo para mis amigos de Quadratín




