Atención

Con el propósito de ofrecer una mejor experiencia dentro de nuestro sitio web, le sugerimos que actualice su navegador, ya que usted cuenta con una versión de internet explorer antigua, que ya no tiene soporte por parte de microsoft y que representa un riesgo de seguridad para usted.

Sigue nuestra transmisión en vivo.
Click para seguir la transmisión
x
Foto:

Szymanski

Felipe de J. Monroy/Quadratín Quintana Roo
 
| 29 de mayo de 2018 | 22:53
 A-
 A+

En persona parecía muy alto y de muy fácil sonrisa; tras saludarlo en el soleado jardín de su casa en San Luis Potosí no tardé mucho en darme cuenta de que Szymanski mantenía permanentemente una mirada vivaz y una interesante conversación de los acontecimientos actuales. Tenía 92 años entonces y, aunque fui a entrevistarlo para que hablara del pasado (en ese entonces era uno de los cuatro obispos sobrevivientes del histórico Concilio Vaticano II de 1962), a don Arturo le fascinaba el futuro porque hacia allá planteaba todas sus ideas, sus inquietudes y sus anhelos.

La primera vez que supe del ya legendario obispo emérito de San Luis Potosí, Arturo Antonio Szymanski Ramírez, fue en 2008 cuando la muerte de otro ilustre católico tampiqueño nos hizo coincidir. Tras las exequias del cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de México, su amigo y coterráneo escribió una homilía donde destacaba algo que llamó “la segunda conversión” que no es otra cosa sino la amorosa renuncia del ser al Creador y a sus designios. Szymanski intentaba decir que, tras el vigor juvenil para abandonar lo material para seguir con bríos el camino de Jesús, en el ocaso de la vida sólo quedaba cargar la Cruz sin quejarse y enfrentar el final confiados en que Dios sabrá cuánto se intentó hacer el bien en su nombre.

Pero el que crea que el nonagenario Szymanski había perdido los bríos, está muy equivocado. Aquella tarde en su hogar me presumió que a sus 92 años aún podía hacer lagartijas y sentadillas (y realizó dos de estas últimas para demostrarlo); que comía y bebía con disciplina, pero con el apetito y la frugalidad de un jovial obrero; que seguía con interés varias publicaciones y noticiarios para debatir con actualidad los temas más urgentes de reflexión; y que prefería recorrer el país en carretera en lugar de acortar la distancia en un avión. Sin ir lejos, apenas hace año y medio realizó un viaje trasatlántico para encontrase con el papa Francisco y dialogar con él sobre lo que sus 56 años de experiencia episcopal le habían dejado en el caminar de la Iglesia católica antes y después del Concilio Vaticano II.

En sus últimos años, Szymanski profundizó mucho en la “teología del encuentro” y planteaba que si las personas no comparten el mismo temperamento necesitan dialogar, construir, participar y compartir más; consideraba que el cristianismo “siempre es revolución en un mundo revuelto” y promovió el uso de la palabra, la razón, la prensa y el diálogo como pilares de un mundo donde sea posible respetarnos como personas, para promover la libertad y la alegría de la existencia humana.

Don Arturo Szymanski murió la mañana de este 29 de mayo del 2018 a los 96 años de edad, falleció aquel obispo que a sus cuarenta años manejaba por las carreteras europeas explorando el mundo que se avecinaba tras esa ventana que la Iglesia católica estaba abriendo pensando en futuro y en aires nuevos; fue un obispo de inagotables anécdotas (conoció en los años 60 al joven Karol Wojtila -futuro san Juan Pablo II- cuando el legendario cardenal, Stefan Wyszynski, invitó a todos los obispos del mundo de apellido polaco a una pequeña recepción en Roma) y fue un hombre de mucha fortaleza incluso frente al dolor que provoca la verdad (un sacerdote de mucha confianza para él fue hallado culpable de abuso sexual a menores).

En uno de nuestros últimos encuentros, el obispo insistía en que en México faltaba humanismo y sobraban los tecnócratas: “Tenemos que renovarnos interiormente, renovar nuestro corazón. Creo que el tema básico es la caridad, querernos, tratarnos bien. Si usted es de un modo, por qué no voy a quererlo, por qué voy a estarme peleando. Hay tres cosas que he tenido muy claro que se debe ser: Una persona que se entrega a algo, como usted al periodismo, debe ser primero un profesional, después un servidor y, lo tercero, un santo. Para mí, ese es el camino que Dios nos pone. Puede ser que haya unos muy listos como profesionales y hasta serviciales, pero de santidad tienen cero. Creo que nos hace falta tener una poquita de fe”.

Descanse en paz, don Arturo.

@monroyfelipe