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Foto: Especial

Uso de Razón

Pablo Hiriart
 
| 16 de agosto de 2018 | 5:00
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                AMLO, sin oposición
                La encuesta publicada ayer por El Universal es todavía más contundente que el resultado electoral del 1 de julio:  64.6 de la población aprueba a López Obrador y lo desaprueba apenas el 12 por ciento.
                Desde las elecciones, no ha dejado de crecer.
                Una conclusión es que AMLO ha resultado ser tan buen presidente electo que debería seguirlo siendo en los próximos seis años.
                Hay un país sin bloqueos de calles ni carreteras, sin discursos incendiarios, sin mafiosos que conspiran contra el bolsillo popular, sin autoridades agredidas por hordas de “luchadores magisteriales”, y Donald Trump ha dejado de ser un supremacista xenófobo para convertirse en un “amigo” que lucha contra los mismos adversarios que nuestro próximo presidente.
 Calma chicha en México.
Qué a gusto estamos todos con López Obrador sosegado como presidente electo.
A diferencia de la primera negociación del Tratado de Libre Comercio, en que los representantes de México eran traidores a la patria pues vendían la soberanía nacional, ésta transcurre con razonable optimismo porque cuenta con el respaldo de su antiguo detractor: nuestro próximo presidente.
Mientras se respira esta atmósfera de insólito pero agradable optimismo político, López Obrador y Morena construyen una maquinaria formidable para restaurar el antiguo régimen de presidencialismo absoluto en el país.
Y es eso, precisamente eso, lo que un buen número de ciudadanos aplaude: la restauración.
Morena tiene la mayoría absoluta en las dos cámaras legislativas. Literalmente, la palabra del presidente será ley.
Detrás del popular recorte presupuestal al Senado y a Diputados (muy necesario en algunos casos), está la intención evidente de disminuir el poder del legislativo.
Los gobernadores estarán sujetos al poder central a través de un delegado en cada entidad: miembro de Morena, enemigo político del gobernador y persona de las confianzas del presidente que gestionará los recursos federales.
Ese delegado, de Morena, tendrá visibilidad y tiempo de sobra para hacer campaña adelantada por la gubernatura estatal, y así dentro de pocos años todos los gobernadores del país serán de ese partido.
La restauración del presidencialismo absoluto está en marcha.
Vemos a las otrora combativas organizaciones de la sociedad civil, cómo se doblegan sin resistencia ante la voluntad del próximo presidente.
Los negocios de sus patrocinadores están en riesgo si molestan al nuevo y súper poderoso timonel de la nación. A sumarse y a sumirse.
Ni una palabra ante el acuerdo en Palacio para nombrar fiscal carnal, procurador a modo y titular de la FEPADE a un(a) militante de Morena.
Los medios de comunicación, particular y tristemente algunos que fueron adalides históricos contra el presidencialismo, ahora le hacen el trabajo sucio al nuevo jefe máximo y agreden a los periodistas críticos de AMLO.
Al poder judicial lo van a someter por la vía de la asfixia salarial.
Con la muy popular bandera de bajarle los ingresos a ministros, magistrados y jueces, provocarán un recambio en ese poder: adiós a los que saben y los espacios se llenan con incondicionales del partido del presidente.
López Obrador no tendrá contrapesos en el Congreso, ni en los gobiernos estatales, ni en las organizaciones civiles, ni en el poder judicial, ni en los medios de comunicación.
Y arranca con un 65 por ciento de aprobación ciudadana y sólo 12 por ciento de oposición.
Ha resultado un extraordinario y hábil presidente electo, pues aprovecha de maravilla esta etapa en que no hay desgaste de gobierno, para montar la maquinaria que le dará poder absoluto.
A él y a los que vengan después de él.
Tendrá, eso sí, tres grandes enemigos:
El ejercicio del poder, donde los populistas son ineficientes por definición.
El mareo que provoca la embriaguez de poder para quien lo toma completo, como hará López Obrador.
Y un tercero, del que hablaremos más adelante.