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Foto: Especial

Uso de Razón

Pablo Hiriart
 
| 07 de septiembre de 2018 | 5:00
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                PAN, un arreglo sin mujeres
                Dice la conseja popular que es mejor un mal arreglo que un buen pleito, y ese parece ser el camino para apaciguar la crisis en el Partido de Acción Nacional.
                Alcanzaron un acuerdo para llevar una planilla consensada, amplia, a fin de sustituir a la actual dirigencia del partido, lo que contendría la hemorragia que vive el panismo desde antes de las elecciones presidenciales.
                Será un arreglo a su manera: machista como en ningún otro partido político.
                De acuerdo con lo que se perfila, Marko Cortés sería el presidente del PAN, Héctor Larios iría por la secretaría General y como coordinador de los senadores quedaría Rafael Moreno Valle.
                Si a lo anterior le sumamos que Juan Carlos Romero Hicks fue designado por el anayismo como coordinador de los diputados del partido, tenemos un póquer de mando sin una sola mujer.
                Es inconcebible que a estas alturas del Siglo, con leyes para aminorar el machismo y promover la paridad de género, los panistas sólo tengan hombres para dirigir el partido y coordinar legisladores.
                La misoginia en el blanquiazul, que relegó a Margarita Zavala de la candidatura presidencial por el apetito de poder de Ricardo Anaya y también por razones de género, los tiene sin cuidado y nadie protesta.
                Quitarían de la coordinación de senadores a Damián Zepeda, autonombrado líder de la fracción y mancuerna de Anaya en la toma del PAN como feudo de un grupo, y en su lugar entraría Rafael Moreno Valle, quien había sido relegado en el partido por la maquinaria anayista no obstante su capacidad como operador.
                Hasta ahí se ve bien el arreglo, pero falta la pieza de la Cámara de Diputados.
                Por lo visto le quieren dejar a Ricardo Anaya una amplia influencia, pues sus lazos con Marko Cortés son estrechos, y la coordinación de diputados, con Juan Carlos Romero Hicks, otro anayista.
                Cortés tiene carrera propia, buenas intenciones para hacer del PAN un partido incluyente, y con la mancuerna de Héctor Larios hay una amalgama interesante para rehacer ese partido en la medida que ello sea posible.
                Lo inaceptable es que no haya ninguna mujer en el cuarteto de mando.
                En la Cámara de Diputados se tragan el dedazo anayista en favor de Romero Hicks y no hay cabida para mujeres.
                Así no se reconstruye un partido que quiere volver a abrirse a la sociedad, compuesta por hombres y mujeres, si se relega a las diputadas y convierten al PAN en un club de Tobi.
                En Acción Nacional hay mujeres valiosas, diputadas inteligentes, que bien podrían coordinar la bancada.
                Ahí están Adriana Dávila, Marcela Torres Peimbert, Pilar Ortega y varias otras con las cualidades necesarias para coordinar a sus colegas.
                Pero en el PAN le tienen aversión a las mujeres en puestos de mando.
                Le echaron la culpa a Josefina Vázquez Mota de la derrota en 2012 y eso sirvió para condenarlas nuevamente al ostracismo.
                Sin embargo Josefina obtuvo, en esa elección presidencial, no sólo un mayor porcentaje de votos que el alcanzado por Anaya este año, sino que tuvo más sufragios que el queretano que compitió aliado al PRD y Movimiento Ciudadano, y alcanzó más votos con un padrón con varios millones de electores menos.
                El argumento que no se atreven a decir -que las mujeres están para obedecer los liderazgos masculinos-, no se sostiene con los números ni en el tiempo en que vivimos.
                Al arreglo panista le falta una mujer, por lo menos.
                No hay razones para el Club de Tobi, sobre todo cuando necesitan rehacerse ante la sociedad después de haber protagonizado un espectáculo lamentable en el proceso electoral.
                Lo que viene no es sencillo y el país los va a necesitar. Pero al PAN, no a un club de caballeros que se reparten cargos sin mirar hacia afuera.