Destacan el nopal como un superalimento clave de la mesa mexicana
CANCÚN, QRoo, 9 de octubre de 2025.- En cuestión de horas, el cielo se convirtió en un monstruo y la tranquilidad del Caribe mexicano se desvaneció. Octubre de 2005 quedó grabado en la memoria de Quintana Roo como el mes en que el huracán Wilma puso a prueba la resistencia de todo un estado. Lo que comenzó como una tormenta frente a las Islas Caimán se transformó rápidamente en un fenómeno sin precedentes.

El 19 de octubre, Wilma alcanzó categoría 5, con vientos de 295 km/h y una presión récord de 882 milibares, consolidándose como uno de los ciclones más poderosos de la historia del Atlántico.
El 20 de octubre, el huracán apuntó directo al Caribe mexicano. En la madrugada del 21, tocó tierra en Cozumel como categoría 4 y avanzó lentamente hacia Puerto Morelos, dejando dos días de lluvia intensa y ráfagas interminables. Al acercarse a 20 km de Cancún, se debilitó a categoría 3 y luego a 2, pero su fuerza seguía siendo devastadora.

Cancún, epicentro turístico de México, quedó atrapado en el silencio de la incertidumbre: hoteles inundados, calles anegadas y techos arrancados. Wilma no solo destruyó infraestructura, sino también rutinas. Familias enteras pasaron la noche en refugios improvisados mientras los radios transmitían apenas fragmentos de información. Su inmovilidad era, paradójicamente, su mayor amenaza.

Cuando finalmente se disipó, el panorama era desolador: seis de los 11 municipios se declararon en desastre, el 94% de los daños afectó al sector turístico, las playas desaparecieron y las pérdidas superaron los 18 mil millones de pesos. Aun así, gracias a las evacuaciones, el saldo humano fue limitado: cuatro fallecidos y miles de historias de supervivencia.
Wilma también dejó huella fuera de México: murieron 12 personas en Haití, 4 en Cuba y 1 en las Bahamas. En Estados Unidos, donde tocó como categoría 3, dejó 31 muertos, seis millones sin electricidad y 10 tornados. Su impacto fue tal que su nombre fue retirado de la lista oficial de huracanes.

Casi 20 años después, Wilma sigue siendo una cicatriz y una lección. De su paso surgieron mejores protocolos, alertas más precisas y una conciencia renovada sobre la vulnerabilidad del paraíso. Cada temporada de huracanes recuerda su advertencia: la naturaleza no olvida, y nosotros tampoco.
En los últimos 50 años, México ha enfrentado algunos de los huracanes más devastadores del continente. En 1988, Gilberto golpeó también el Caribe con fuerza categoría 5, destruyendo buena parte de Cancún y Yucatán. En 1997, Paulina arrasó con Acapulco, dejando más de 200 muertos y severos daños en Guerrero.
Dos décadas después, en 2013, Ingrid y Manuel azotaron simultáneamente el Golfo y el Pacífico, provocando una de las mayores tragedias por lluvias en la historia reciente del país. Más tarde, en 2015, Patricia, en el Pacífico, se convirtió en el huracán más poderoso registrado en el planeta, aunque su impacto en tierra fue menor de lo temido.

Más recientes, Grace (2021) y Otis (2023) recordaron la vulnerabilidad del territorio mexicano. Grace, que impactó Quintana Roo como categoría 1 y luego se fortaleció hasta categoría 3 al llegar a Veracruz, dejó daños severos en Tulum, Cancún y la zona norte del estado, afectando la red eléctrica y miles de viviendas. Su paso reafirmó la importancia de los protocolos que nacieron tras Wilma: alertas tempranas, evacuaciones ordenadas y mejor coordinación entre autoridades y ciudadanía. Otis devastó Acapulco con categoría 5 y dejó un saldo de más de 50 muertos y daños millonarios en infraestructura.
A medio siglo de desastres naturales, la historia de Wilma sigue viva en la memoria del Caribe mexicano como un punto de quiebre: el momento en que el paraíso aprendió que incluso el mar más tranquilo puede despertar con furia.
Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Quadratín Quintana Roo.
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