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Foto: Especial

Juego de ojos

Miguel Ángel Sánchez de Armas
 
| 10 de septiembre de 2018 | 11:59
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Paradigma. Esta es una de esas palabrejas que se pueden dejar caer con cierta impunidad. Quiere decir, para la conversación diaria, ejemplo, modelo de algo. Y para la conferencia o el discurso apantallador, conjunto de formas que constituyen una conjugación o una declinación. En nuestra vida cotidiana se aplica como modelo de trabajo o patrón compartido por una comunidad.

Es un interesante aderezo para las charlas de café: “Fulano de tal es el paradigma de la política”. O para sobresaltar al mundo con nuestra sapiencia literaria: “¡Este libro es el paradigma de la literatura!” –dicho esto mientras se deja caer descuidadamente sobre la mesa el ejemplar conmemorativo de los 400 años del Quijote, kilogramo y medio de libro ahora en oferta de 99 pesos.

Otra acepción de paradigma es “la forma en que hacemos las cosas” o, en definición de mi Pequeño diccionario ilustrado de política improbable, “¡Si así lo hizo mi abuelo así lo haré yo y todos los que me sigan, llueva, truene o relampaguee!”

Es un paradigma llevar flores a nuestra madrecita el diez de mayo… aunque nos olvidemos visitarla durante seis meses. Es un paradigma gritarle al adolescente que reprobó matemáticas… aunque hayamos dejado nuestra propia carrera inclusa. Es un paradigma azotar al niño que tomó un chocolate sin permiso… aunque estemos secretamente ordeñando las cuentas del patrón.

El paradigma es también una cómoda e irracional protección contra lo desconocido. ¿Para qué cambiar, por que arriesgarnos a tener éxito, si así estamos tan bien? Taiwán tiene la mitad del territorio de Veracruz y menos del 1% de sus recursos… pero tres veces más población y un puerto diez veces más grande y el edificio más alto del mundo y aeropuertos internacionales y 15 veces más ingreso per cápita y… “Sí, pero son chinos”, diría el de al lado, mientras cierra la oficialía de partes para escaparse y pedir un día económico.

¿Y el paradigma del cambio de horario? ¿Algún lector sabe cuándo se inició este rito bianual que nos pone como locos cambiando los relojes y casi siempre nos altera el biorritmo y la agenda? Parece que fue el buen Benjamín Franklin, sí, aquel señor del rayo y el papalote y de tantos otros inventos y curiosidades, quien primero lo sugirió allá por el año de Dios de mil setecientos y pico. Después, a principios del siglo pasado los pacifistas del Káiser lo aplicaron para ahorrar carbón… para la guerra. Y durante la crisis del petróleo en los setenta se consideró un atenuante para la escasez de energía. Pero ahora resulta que mantener horarios de verano e invierno es tan productivo como vestir pulgas y en la Unión Europea están alzados en armas en contra del paradigma, que seguramente será derogado en los próximos años. Y ya con ese permiso quizá la Cuarta Transformación lo ponga en la mira.

El paradigma puede ser un sarcófago. “No voy a prepararme, ni voy a leer, ni voy a hacer nada que no esté claramente definido en mi sacrosanto contrato porque desde que me dieron la base mi único objetivo es la jubilación. Así ha sido siempre y punto.”

Y a todo esto, ¿cómo nacen los paradigmas? Un experto en conducta quiso averiguarlo y llevó a cabo el siguiente experimento:

En una jaula colocó a cinco monos, de esos peludos, grandotes y de mala catadura. Al centro se puso una escalera y, sobre ella, una plataforma con los más apetitosos manjares para el paladar simiesco.

Cuando el primer chango trepó alegremente para festinarse con las delicias, un chorro de agua helada fue lanzado sobre los que permanecían en el suelo.

Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los
otros le daban de palos.

Pronto ninguno subía la escalera, a pesar de la tentación de las frutas. Entonces se sustituyó a uno de los monos.

Lo primero que hizo el nuevo inquilino fue subir la escalera, pero rápidamente los otros lo bajaron y lo azotaron. Al cabo de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo entendió y ya no subió más la escalera.

Un segundo mono fue reemplazado y ocurrió lo mismo. El primer sustituto
participó con entusiasmo en la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y así hasta que el último de los veteranos se fue.

En la jaula quedaron entonces cinco monos que, aún cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentaba alcanzar las frutas.

Si los monos hablaran y se les preguntara el porqué de las palizas al que intentaba subir la escalera, sin duda la respuesta sería:

“No sé. Las cosas siempre se han hecho así aquí…”
¿Suena conocido?