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Libros de ayer y hoy

Teresa Gil
 
| 10 de noviembre de 2018 | 8:27
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Nueva federación. Charros y no charros, opción sindical para AMLO

Si acercáramos la imagen de ficción del único superviviente en una catástrofe mundial, nos daríamos cuenta de que es ¡un líder charro! Los tiempos se van, las empresas desaparecen, los trabajadores cambian de sitio, pero el líder charro queda, es inamovible. Ahora se anuncia una gran federación de trabajadores con Napoleón Gómez Urrutia como líder, que pretende otra perspectiva. Eso esperamos. Los ejemplos del charrismo son muchos y se acaban de dar con Víctor Flores Morales, presunto líder ferrocarrilero, en un país en donde el ferrocarril fue cercenado abruptamente, pero él siguió existiendo -del erario nos imaginamos- y que ahora para la oreja ante el ferrocarril maya y quizá deambuló cuando se preparaba el tren chino a Querétaro. El atributo charro se remonta a un líder ferrocarrilero precisamente, Alfonso Ochoa Partida, en la época alemanista, hombre que además practicaba la charrería. Charrazo se llamó desde entonces, al que como el mencionado, traiciona y se subsume al gobierno para enfrentar a los trabajadores. Fidel Velázquez fue el clásico titular de ese adjetivo en la CTM. Pero uno de los casos más contundentes de supervivencia es el de Carlos Romero Deschamps, que ahora trata de vestirse de lopezobradorismo y en una carta pública a toda plana que cubrió los espacios de varios medios, se deslinda del actual gobierno y advierte en el párrafo final del documento que encabeza, que los trabajadores confían en que México alcance “por fin”, su pleno desarrollo con el nuevo gobierno. Es un escrito de justificación de las pasadas elecciones en las que el viejo líder fue reelecto, pese a irregularidades denunciadas, por el 86.78 de los votos, según sostiene. Aprovecha y en el mismo cuerpo y al viejo estilo priísta ya cambia nombres ahora del próximo poder, Olga Sánchez Cordero Dávila y Rocío Nahle García.

EL PELIGRO DEL CHARRISMO POR EL PASADO QUE ACUMULA
Todos los líderes llamados charros y otros que se crean sobre la marcha para enfrentar sindicatos opositores, son señalados por corrupción y apoyo mafioso al gobierno en turno y se sostienen y apoyan en legislaciones a modo, que a los gobiernos no les interesa cambiar porque son su apoyo permanente. No andan muy lejos los del sindicalismo llamado progresista al menos en la permanencia, si contamos los años que llevan Francisco Hernández Juárez en el sindicato de Teléfonos de México o Agustin Rodriguez en la UNAM, entre muchos que militan en la llamada Unión Nacional de Trabajadores (UNT). Habrá que ver la oferta próxima de la que surgirá la nueva federación sindical que anunciará Gómez Urrutia el próximo 20 de noviembre. Es una aglutinación en la que se han negado a formar parte miembros de la UNT -que dice tener 200 adherentes-, pero a la que al parecer se incorporarán sindicatos del Congreso del Trabajo y viejas centrales impulsadas por el priísmo. El sindicalismo charro es un peligro permanente por la sinuosidad de sus liderazgos. Por ello los gobiernos prefieren mantenerlos calmados a través de dádivas -el caso del sindicato petrolero es el ejemplo de corrupción más claro-. Por lógica, el próximo gobierno ha deslindado su postura del sindicalismo mexicano en cuanto a intervención en sus asuntos. Pero ha advertido que habrá control sobre uso de cuotas y otras cuestiones que entran en la esfera pública. Hasta ahora salvo algunos desencuentros, más de parte de ella, con la CNTE, la relación con los sindicatos del próximo gobierno ha sido tersa y algunos, como el mencionado de Pemex, ofrecen su alianza. Pero la turbia formación de algunos de esos organismos, la permanencia de sus líderes y las decisiones futuras que tomará el gobierno, dejan todo en veremos.

NOVELAS: EL CHARRISMO, COMO UN PUNTAL POLÍTICO DE CORRUPCIÓN
Nunca me ha gustado Luis Spota como escritor, por la brutalidad de sus descripciones, por la futileza que manifiesta en sus visiones literarias, pese a ello hubo un tiempo hace muchos años, que leí muchas de sus obras. Después de que me enteré que fue uno de los pocos escritores que apoyaron a Díaz Ordaz en la matanza de Tlatelolco, lo deseché por completo. Es un caso curioso porque es uno de los escritores más prolíficos que ha habido en el país -más de 30 libros con temas políticos y un sinfín de otros temas-, que además murió relativamente joven a los 60 años, en 1985. Lo toco, porque uno de sus libros más conocidos Las horas violentas (Editorial Planeta 2014, muchas ediciones en diversas editoriales), aborda el tema de la corrupción del sindicalismo mexicano, la utilización de los trabajadores con fines políticos y las componendas de los líderes en el surgimiento o ratificación de un charrismo que ha hecho historia en México. Publicada por primera vez en 1959, la obra exhibe la vinculación entre empresas y gobierno para aniquilar movimientos sindicales y sacar como triunfadores, a los líderes charros y al político en turno que logra sus propósitos. De alguna manera, esta novela, con Casi el paraíso, La sangre enemiga, Más cornadas da el hambre y La estrella vacía, le dieron fama y fortuna a Spota, también líder mundial del boxeo, pero las críticas literarias en torno a sus obras le señalan deficiencias. Pese ello, Las horas violentas toca un tema en más de 300 páginas que definen un flagelo que hasta el momento no nos quitamos de encima: el charrismo.