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Foto: Especial

Uso de Razón

Pablo Hiriart
 
| 02 de septiembre de 2018 | 12:04
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Lo bueno: hizo reformas de gran calado que, de perdurar, van a poner a México en el camino de ser una gran potencia económica con una sociedad menos desigual. Tan positivas son las reformas de su sexenio, que el próximo gobierno titubea en la forma de echarlas abajo, no obstante tener el respaldo de 30 millones de votantes para ello. Creó cuatro millones de empleos formales. Puso a México como la sexta potencia turística del mundo. Exportamos más manufacturas que todos los países de América Latina juntos. Hoy tenemos una balanza comercial agropecuaria favorable, como nunca antes en la historia. El país tiene finanzas sanas y crece con mayor rapidez que el promedio del resto del mundo. La deuda es manejable, la inflación está controlada y la reservas en el Banco de México son boyantes. Peña ha sido un presidente sin odios ni rencores. Financió a los medios de comunicación adversos a su persona y a su proyecto, pudiendo no hacerlo. No reprimió movimientos sociales y fue un demócrata en toda la extensión de la palabra.
Lo malo: arrogancia es la palabra que resume el origen de sus errores. Nunca trasmitió afecto por sus gobernados y desestimó el respaldo popular como sostén de su proyecto. Fue un presidente lejano que ignoró al pueblo y jugó golf en lugar de estrechar manos en colonias populares. No frenó la corrupción desbocada de algunos gobernadores y de funcionarios federales. Reaccionó con desdén inicial ante bombas políticas como la casa blanca, la visita de Trump en campaña cuando más nos insultaba, el socavón de Cuernavaca y el crimen de los 43 normalistas en Iguala, donde los autores de la tragedia lo pusieron a él como el asesino que no es. No fue capaz de revertir la inseguridad y la violencia, y deja al país hundido en una dramática crisis delictiva. Su herencia va a ser dejarnos a López Obrador en el poder, y tal vez no sea recordado por las reformas que ahora el nuevo gobierno puede y quiere echar abajo. Con su desidia para actuar a tiempo destruyó a un partido histórico, de centro, indispensable para evitar la polarización social que se avecina.
Lo feo: la sociedad -es decir todos nosotros- se ensañó contra Peña Nieto durante los seis años de gobierno, y como consecuencia hizo crecer al político que desde el primer día se plantó como su enemigo: López Obrador. Las redes sociales y los Whatsapp se saturaron con burlas y escarnio hasta acabar con su imagen por razones tan baladís como pronunciar mal una palabra en inglés, ponerse unas calcetas extrañas para correr, equivocarse en una suma durante un comentario informal, haber dicho volvido en lugar de volver, o estar casado con una actriz exitosa que vive y viaja como actriz exitosa.
Por la suma de lo malo y de lo feo llega López Obrador a la presidencia y podemos perder lo bueno.
Ahora tenemos un presidente electo con un equipo cercano que sabe de economía pero piensa distinto a él, y esa combinación puede resultar explosiva.
No tienen idea de seguridad y la crisis que hoy padecemos se va a agudizar.
Cuentan con la mayoría en ambas cámaras legislativas y no habrá contrapesos de ninguna índole al poder absoluto del presidente.
Hay la disposición de respetar libertades individuales y reconciliar, pero junto al nuevo presidente pululan rencorosos y fanáticos que toda la vida han soñado con crear una crisis de polarización social.
Ante nuestra vista se prepara la maquinaria que va a operar el control político del país que aspiran a gobernar por décadas, independientemente de si lo hacen bien o lo hacen mal.
Ese es el legado del gobierno de Enrique Peña Nieto y de la forma en que la sociedad -es decir nosotros- lo apedreó durante seis años.